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¿Contextualizamos? 23-12

    He aquí un nuevo texto para nuestro ejercicio habitual. Alguno de los motivos tratados hoy en el comentario se reiteran nuevamente.

    Hay que notar la forma de tratamiento de la naturaleza y cómo esta se ve alterada ¿Qué causa esta alteración?¿Cómo se produce?

    ¿Quién me dijera, Elisa, vida mía,
    cuando en aqueste valle al fresco viento
    andábamos cogiendo tiernas flores,
    que habia de ver, con largo apartamiento,
    venir el triste y solitario día
    que diese amargo fin a mis amores?
    El cielo en mis dolores
    cargó la mano tanto,
    que a sempiterno llanto
    y a triste soledad me ha condenado;
    y lo que siento más es verme atado
    a la pesada vida y enojosa,
    solo, desamparado,
    ciego, sin lumbre en cárcel tenebrosa.
    Después que nos dejaste, nunca pace
    en hartura el ganado ya, ni acude
    el campo al labrador con mano llena.
    No hay bien que en mal no se convierta y mude:
    la mala hierba al trigo ahoga, y nace
    en lugar suyo la infelice avena;
    la tierra, que de buena
    gana nos producía
    flores con que solía
    quitar en sólo vellas mil enojos,
    produce agora en cambio estos abrojos,
    ya de rigor de espinas intratable.
    Yo hago con mis ojos
    crecer, lloviendo, el fruto miserable.
    Como al partir del sol la sombra crece,
    y en cayendo su rayo se levanta
    la negra escuridad que el mundo cubre,
    de do viene el temor que nos espanta,
    y la medrosa forma en que se ofrece
    aquella que la noche nos encubre,
    hasta que el sol descubre
    su luz pura y hermosa,
    tal es la tenebrosa
    noche de tu partir, en que he quedado
    de sombra y de temor atormentado,
    hasta que muerte el tiempo determine
    que a ver el deseado
    sol de tu clara vista me encamine.
    Cual suele el ruiseñor con triste canto
    quejarse, entre las hojas escondido,
    del duro labrador que cautamente
    le despojó su caro y dulce nido
    de los tiernos hijuelos, entre tanto
    que del amado ramo estaba ausente,
    y aquel dolor que siente,
    con diferencia tanta,
    por la dulce garganta
    despide, que a su canto el aire suena,
    y la callada noche no refrena
    su lamentable oficio y sus querellas,
    trayendo de su pena
    el cielo por testigo y las estrellas,
    desta manera suelto yo la rienda
    a mi dolor, y ansí me quejo en vano
    de la dureza de la muerte airada.
    Ella en mi corazón metió la mano,
    y de allí me llevó mi dulce prenda;
    que aquel era su nido y su morada.
    ¡Ay, muerte arrebatada!
    Por ti me estoy quejando
    al cielo y enojando
    con importuno llanto al mundo todo.
    El desigual dolor no sufre modo.
    No me podrán quitar el dolorido
    sentir, si ya del todo
    primero no me quitan el sentido.
    Tengo una parte aquí de tus cabellos,
    Elisa, envueltos en un blanco paño,
    que nunca de mi seno se me apartan;
    descójolos, y de un dolor tamaño
    enternecer me siento, que sobre ellos
    nunca mis ojos de llorar se hartan.
    Sin que de allí se partan,
    con sospiros calientes,
    más que la llama ardientes,
    los enjugo del llanto, y de consuno
    casi los paso y cuento uno a uno;
    Tras esto el importuno
    dolor me deja descansar un rato.
    Mas luego a la memoria se me ofrece
    aquella noche tenebrosa, escura,
    que siempre aflige esta ánima mezquina
    con la memoria de mi desventura.
    Verte presente agora me parece
    en aquel duro trance de Lucina,
    y aquella voz divina
    con cuyo son y acentos
    a los airados vientos
    pudieron amansar, que agora es muda,
    me parece que oigo que a la cruda,
    inexorable diosa demandabas
    en aquel paso ayuda;
    y tú, rústica diosa, ¿dónde estabas?
    ¿Íbate tanto en perseguir las fieras?
    ¿Íbate tanto en un pastor dormido?
    ¿Cosa pudo bastar a tal crüeza,
    que, comovida a compasión, oído
    a los votos y lágrimas no dieras
    por no ver hecha tierra tal belleza,
    o no ver la tristeza
    en que tu Nemoroso
    queda, que su reposo
    era seguir tu oficio, persiguiendo
    las fieras por los montes, y ofreciendo
    a tus sagradas aras los despojos?
    ¡Y tú, ingrata, riendo,
    dejas morir mi bien ante mis ojos!
    Divina Elisa, pues agora el cielo
    con inmortales pies pisas y mides,
    y su mudanza ves, estando queda,
    ¿por qué de mí te olvidas y no pides
    que se apresure el tiempo en que este velo
    rompa del cuerpo, y verme libre pueda,
    y en la tercera rueda,
    contigo mano a mano,
    busquemos otro llano,
    busquemos otros montes y otros ríos,
    otros valles floridos y sombríos
    donde descanse y siempre pueda verte
    ante los ojos míos,
    sin miedo y sobresalto de perderte?
    Nunca pusieran fin al triste lloro
    los pastores, ni fueran acabadas
    las canciones que solo el monte oía,
    si mirando las nubes coloradas,
    al tramontar del sol bordadas de oro,
    no vieran que era ya pasado el día.
    La sombra se veía
    venir corriendo apriesa
    ya por la falda espesa
    del altísimo monte, y recordando
    ambos como de sueño, y acabando
    el fugitivo sol, de luz escaso,
    su ganado llevando,
    se fueron recogiendo paso a paso.

    Uno de los aspectos que has comentado, Virginia, que me parece bastante interesante resaltar en el poema, es el del desbordamiento sentimental y la ruptura del equilibrio arquitectónico renacentista. Efectivamente, lo apreciamos claramente en esta composición.

    La naturaleza simbólica, equilibrada, el «locus amoenus» se transforma con la partida de Elisa:

     Después que nos dejaste, nunca pace
    en hartura el ganado ya, ni acude
    el campo al labrador con mano llena.
    No hay bien que en mal no se convierta y mude:
    la mala hierba al trigo ahoga, y nace
    en lugar suyo la infelice avena;
    la tierra, que de buena
    gana nos producía
    flores con que solía
    quitar en sólo vellas mil enojos,
    produce agora en cambio estos abrojos,
    ya de rigor de espinas intratable.
    Yo hago con mis ojos
    crecer, lloviendo, el fruto miserable.

    El contraste de la pintura literaria de la naturaleza

    Esta naturaleza se transforma. Ya no es el lugar idílico que aparece en el Diálogo de la dignidad del hombre o La Arcadia. Es ahora un lugar lóbrego, sombrío, desapacible. El fruto miserable, metáfora de la muerte y la destrucción, crece con el dolor del poeta (metafóricamente él mismo lo hace crecer con sus lágrimas). El mal impregna todo. La noche (recuérdese la relación con la pintura y la gradación de colores: noche/día; luz/oscuridad) aparece como el lugar propicio para el dolor. Este estado lleva al poeta a un deseo de muerte.

    En el plano pictórico la composición es riquísima. El poeta emplea la técnica del juego de opósitos y del claroscuro . La apariencia inicial: «aqueste valle al fresco viento/andábamos cogiendo tiernas flores» se ve transmudada a un estado de oscuridad, de sombras desapacibles que amenazan la oscuridad del poeta. También el motivo de la cárcel (Cárcel de amor) está presente, en línea con los presupuestos del amor cortés.

    En esta composición se sintetizan muchos de los topoi que estarán presentes en la obra del propio Garcilaso y en la de otros poetas de su generación o escuela.

    1 comentario en «¿Contextualizamos? 23-12»

    1. En todo el renacimiento se pone de relevancia la importancia del plano del dolor del poeta. A veces este dolor se hiperboliza y no se mantiene ese equilibrio habitual en el primer Renacimiento. Garcilaso tiene cierta tendencia a expresar este desbordamiento de sentimiento no contenido en alguno de sus poemas. Aquí tenemos unas estrofas de la Égloga I (las pistas es que aparecen Nemoroso y Elisa) y en la que el dolor de Nemoroso ante el desprecio de Elisa es palpable. Además, la Naturaleza acompaña a Nemoroso en esos sentimientos, es cómplice de su dolor y mimetiza su estado conforme se siente: «Después que nos dejaste, nunca pace en hartura el ganado ya, ni acude el campo al labrador con mano llena».

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