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Continuamos con nuestra serie de estudios monográficos dedicados a reflexionar sobre las peculiaridades y rasgos de la literatura medieval y su impacto en las oposiciones de lengua.
Analizamos, más concretamente, las fuentes y modelos, presentes en el sincretismo de la tradición pagana y cristiana, así como su presencia y transcendencia en los corpus textuales de la Edad Media y más allá.
Puntos clave
- La literatura medieval se caracterizó por la influencia de la Biblia como obra de gran autoridad literaria y moral.
- El sincretismo entre la tradición pagana y cristiana fue fundamental en las obras literarias de la Edad Media, promoviendo la moralización de los textos antiguos.
- San Jerónimo y San Agustín sentaron las bases para la interpretación y la enseñanza moral de obras clásicas. El principio de autoridad fue la regla para la interpretación de la Antigüedad.
- Ciertas obras medievales como Los doce trabajos de Hércules buscaron transformar mitos antiguos en lecciones morales y enseñanzas útiles para el hombre contemporáneo.
- La interpretación de la mitología pagana transitó hacia una concepción alegórica y poética con fuerte sentido moral.
La influencia de la Biblia en el orbe de la cultura medieval
La obra por excelencia en la Edad Media fue la Biblia. Los textos bíblicos y sus paráfrasis y comentarios sobrepasaron el número de las obras profanas. En torno de ella se reunieron
las más diversas modalidades literarias. Esta obra representó siempre la suprema autoridad citable. El estudio de la Biblia supuso, pues, el mayor esfuerzo intelectual que pudo darse en la Edad Media. Este interés contenía el propósito de que su texto fuera lo más fiel posible a un arquetipo establecido.
San Jerónimo fue el que lo fijó en latín en la Biblia llamada Vulgata. Esta obra fue llamada a ser el texto general de la Iglesia Católica y el utilizado en la liturgia. Aun contando con el propósito de que la Vulgata se conservase fiel al arquetipo, en sus copias aparecieron lecciones divergentes a través del proceso de la escritura. Alrededor de la Biblia aparece la primera conciencia de una filología orientada a mantener con la mayor fidelidad el texto del libro de Dios.
Moralizaciones de la Antigüedad
La literatura española medieval recoge el fruto de una moralización secular que, desde el siglo VI, actuaba sobre la tradición pagana antigua. Desde los primeros siglos de la Edad Media esta tradición fue cristianizada de diversas maneras, de modo que, interpretada en un sentido alegórico, resultó ser un elemento fundamental del arte clerical. Los libros de los antiguos podían también glosarse y parafrasearse. En este ejercicio quedaban cristianizados, sobre todo si se aplicaban con un fin moralizador. La justificación de su uso procedía principalmente de San Agustín. En una mención al Éxodo ( «spoliare Aegyptios», III, 22; XII, 35-36), explicó el aprovechamiento de la obra de los gentiles através de una interpretación variada.
El descubrimiento de la Antigüedad acaeció en la Edad Media
No existe un descubrimiento radical de la Antigüedad en los inicios del Renacimiento, sino la progresión de un punto de vista diferente en su percepción e influjo. Un ejemplo del humanismo medieval se encuentra en Los doce trabajos de Hércules de Enrique de Villena (1384-1434). El autor usó aquí como fuentes a Ovidio, Virgilio, Lucano, Boecio, etc.
El fin que se propuso está claramente determinado. Villena escribe para que su obra:
«haga fruto y de que tomen ejemplo, acrecimiento de virtudes y purgamiento de vicios. Así será espejo actual a los gloriosos caballeros en armada caballería, moviendo el corazón de aquellos en no dudar los ásperos hechos de las armas y a prender grandes y honrados partidos, enderezándose a sostener el bien común, por cuya razón caballería fue hallada. Y no menos a la caballería moral dará lumbre y presentará señales de buenas costumbres, deshaciendo la tejedura de los vicios y domando la ferocidad de los monstruosos actos …»
Cada capítulo se destina a un estado del hombre en la sociedad: príncipe, prelado, caballero, religioso, ciudadano, mercader, labrador, menestral, maestro, discípulo, solitario y mujer. En la obra no se manifiesta, pues, la intención de percibir el valor poético del mito. Más bien se trataba de aprovechar la disposición medieval de la exégesis con un fin de enseñanza. En el lenguaje del autor se encuentra el latinismo léxico y sintáctico. La obra se sustenta en una interpretación medieval del mito de Hércules al servicio de la moralización.
El prestigio de la fama
El historiador Curtius afirmó que «La Edad Media tenía su propio concepto de la Antigüedad». Este concepto no hay que entenderlo con el criterio que luego crearían los filólogos, a partir de la disciplina humanística. Por otra parte, el concepto de la Antigüedad que actuó sobre la literatura en lengua vernácula mutó según el tiempo, el espacio y la educación del escritor.
Debemos entender que no se buscaba en los antiguos la sola perfección artística ni, por lo tanto, una ejemplaridad que afectase solo a aspectos formales. Se quería, más bien, que por el prestigio de la fama, vinculada a una tradición, se desprendiese un magisterio o lección aprovechable para el hombre del siglo. En el período final de la Edad Media los valores formales de la Antigüedad se estaban asegurando. Sin embargo, autores como Fernán Pérez de Guzmán, repudian las fábulas de los antiguos. Para él no tienen una intención definida de dejar «algo entre las manos», esto es, una enseñanza:
Aquestas obras baldías
parecen al que soñando
halla oro, y despertando
siente sus manos vacías.
Asaz emplea sus días
en oficio infructuoso
quien sólo en hablar hermoso
muestra sus filosofías.
Era preciso, por tanto, “hablar hermoso” para lograr que la lección moral fuera provechosa. Asimismo, habría de constituir una “filosofía”, según el significado de la época, es decir, “sabiduría”.
El Principio de autoridad en la literatura medieval
Esto se hizo posible gracias al principio de autoridad, que solía apoyarse en la cita de los antiguos. La fórmula de Magíster dixit representa una aportación positiva para la obra, pues se prefiere el apoyo de la cita (que significa la tradición y la erudición del que la conoce y la menciona en la fuente). La autoridad se asegura con la cita (el exemplum) o, a veces, basta la mención del autor antiguo (sententia). Un ejemplo de este uso aparece en el siguiente fragmento de fray Íñigo de Mendoza en que se dirige al Rey Fernando de Castilla y Aragón sobre la necesidad de la discreción en el gobierno:
Cuanto más alto se empina
la cumbre de estado grande,
tanto más y más aína
es necesario doctrina
con que rija y con que mande;
que si no mintió Platón,
y verdad dijo Boecio,
será próspera nación,
la que rige discreción;
al contrario, la que el necio;
lo mismo dijo Vejecio.
Las autoridades se clasificaban por categorías, y la más elevada era la que procedía de la Biblia y sus comentaristas y exégetas.
Las fuentes mitológicas: el everismo
La mitología pagana antigua, expuesta en forma doctrinal o referencias ocasionales, pudo suponer un obstáculo para el escritor cristiano. En los primeros siglos por la cercanía de las creencias paganas y su persistencia.Después por cuanto representaba un fondo de leyendas cuyo sentido moral pudiera rechazarse. Sin embargo, esto se salvó atribuyéndoles un sentido diferente del original, a través de una interpretación que se conoció con el nombre de everismo. Un autor griego, Evémero 29 (alrededor del 300 a. J. C.), había dicho que los dioses antiguos eran el recuerdo que quedaba de hombres reales que habían realizado grandes hechos en beneficio de los suyos, y a los que sus descendientes habían glorificado convirtiéndolos en dioses.
Aunque la obra en que este autor exponía sus opiniones se perdió, y también su traducción latina, son abundantes las referencias a la misma, y Cicerón y Plutarco la rechazaron por impía y absurda. La traslación de los héroes a la categoría de dioses experimentó un gran impulso con la obra de San Agustín y de San Isidoro.
Alegoría y enseñanza moral como mecanismos de transmisión del significado del mito
Esta tendencia se trasladó a los autores medievales como una idea común que despojaba a la mitología de cualquier trascendencia de orden religioso. Esto permitió que la fabulación mitológica, tan intrincada y sugeridora, se interpretase en un sentido de enseñanza moral. Un testimonio de esta interpretación nos lo ofrece el Rey Alfonso X:
«Deos decimos otrosí en latín por los dioses de los gentiles, que ni son dioses ni lo fueron, mas que hallamos que fueron hombres buenos, poderosos y más sabios que los otros al su tiempo»
No faltaron, empero, autores que declararon actitudes contrarias a la difusión de los libros paganos, sobre todo mitológicos, por lo que San Isidoro afirmó que servían de excitación para mentes libidinosas. El conocimiento de los dioses y otras criaturas de ficción de la Mitología antigua fue creciendo cada vez más. Llegó incluso a sobrepasar esta interpretación y a su amparo se fue abriendo camino su incorporación a la poesía por su aprovechamiento alegórico y, finalmente, como recurso poético con un sentido de belleza propia.
Las Sumas y su función en la literatura medieval
En muchas ocasiones no existe una relación directa entre la obra procedente de la literatura antigua y los escritores medievales. Los cauces de comunicación reúnen en ocasiones el fondo antiguo y la obra posterior de los escritores cristianos constituyendo unos libros peculiares del período medieval: son las Summaeo colecciones de fragmentos procedentes del desmenuzamiento de otras obras en máximas, dichos, consejos, avisos, etc., llamadas también Flores, Florestas, etc. En estas colecciones se mezclan obras profanas y obras religiosas, referentes unas a la vida del mundo presente o secular, y otras, que preparan la salvación en el mundo futuro, después de la muerte. Las citas reunidas poseen autoridad magistral, y se juntan en estas obras antiguos y modernos (esto es, medievales), religiosos y profanos, en el común servicio de la ilustración del hombre.
| Apreciemos en la composición dos aspectos: la destacada presencia de la descripción alegórica, el locus amoenus, la vía de purificación (“vi toda blanca la mi vestitura”) y, en este contexto, la percepción, entre humana y divina, del gran Dante. |