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¿Contextualizamos? 14-4-2020

    Seguimos con la preparación de nuestro ejercicio con un nuevo texto de un autor nada desdeñable. Ha hecho acto de presencia en alguna convocatoria de oposición. ¿Podéis percibir aquí el eco de Ortega y su idea de progreso? ¿Encontramos alguna huella del regeneracionismo?

    Los periódicos no decían más que necedades y bravuconadas; los yanquis no estaban preparados para la guerra; no tenían ni uniformes para sus soldados. En el país de las máquinas de coser el hacer unos cuantos uniformes era un conflicto enorme, según se decía en Madrid.

    Para colmo de ridiculez, hubo un mensaje de Castelar a los yanquis. Cierto que no tenía las proporciones bufograndilocuentes del manifiesto de Víctor Hugo a los alemanes para que respetaran París ; pero era bastante para que los españoles de buen sentido pudieran sentir toda la vacuidad de sus grandes hombres.
    Andrés siguió los preparativos de la guerra con una emoción intensa.
    Los periódicos traían cálculos completamente falsos. Andrés llegó a creer que había alguna razón para los optimismos.
    Días antes de la derrota encontró a Iturrioz en la calle.
    —¿Qué le parece a usted esto? —le preguntó.
    —Estamos perdidos.
    —¿Pero si dicen que estamos preparados?
    —Sí, preparados para la derrota. Sólo a ese chino, que los españoles consideramos como el colmo de la candidez, se le pueden decir las cosas que nos están diciendo los periódicos.
    —Hombre, yo no veo eso.

    —Pues no hay más que tener ojos en la cara y comparar la fuerza de las escuadras. Tú fíjate, nosotros tenernos en Santiago de Cuba seis barcos viejos, malos y de poca velocidad; ellos tienen veintiuno, casi todos nuevos, bien acorazados y de mayor velocidad. Los seis nuestros, en conjunto, desplazan aproximadamente veintiocho mil toneladas; los seis primeros suyos sesenta mil. Con dos de sus barcos pueden echar a pique toda nuestra escuadra; con veintiuno no van a tener sitio donde apuntar.
    —¿De manera que usted cree que vamos a la derrota?
    —No a la derrota, a una cacería. Si alguno de nuestros barcos puede salvarse será una gran cosa. Andrés pensó que Iturrioz podía engañarse; pero pronto los acontecimientos le dieron la razón. El desastre había sido como decía él: una cacería, una cosa ridícula.
    A Andrés le indignó la indiferencia de la gente al saber la noticia. Al menos él había creído que el español, inepto para la ciencia y para la civilización, era un patriota exaltado y se encontraba que no; después del desastre de las dos pequeñas escuadras españolas en Cuba y en Filipinas, todo el mundo iba al teatro y a los toros tan tranquilo; aquellas manifestaciones y gritos habían sido espuma, humo de paja, nada. Cuando la impresión del desastre se le pasó, Andrés fue a casa de Iturrioz; hubo discusión entre ellos.
    —Dejemos todo eso, ya que, afortunadamente, hemos perdido las colonias —dijo su tío—, y hablemos de otra cosa, ¿Qué tal te ha ido en el pueblo?
    —Bastante mal.
    —¿Qué te pasó? ¿Hiciste alguna barbaridad?
    —No; tuve suerte. Como médico he quedado bien. Ahora, personalmente, he tenido poco éxito.
    —Cuenta, veamos tu odisea en esa tierra de Don Quijote.
    Andrés contó sus impresiones en Alcolea. Iturrioz le escuchó atentamente.
    —¿De manera que allí no has perdido tu virulencia ni te has asimilado el medio?
    —Ninguna de las dos cosas. Yo era allí una bacteridia colocada en un caldo saturado de ácido féníco.
    —¿Y esos manchegos son buena gente?
    —Sí, muy buena gente; pero con una moral imposible.
    —Pero esa moral, ¿no será la defensa de la raza que vive en una tierra pobre y de pocos recursos?
    —Es muy posible; pero, sí es así, ellos no se dan cuenta de este motivo.
    —Ah, claro. ¿En dónde un pueblo del campo será un conjunto de gente con conciencia? ¿En Inglaterra, en Francia, en Alemania? En todas partes el hombre en su estado natural es un canalla, idiota y egoísta. Si ahí, en Alcolea, es una buena persona, hay que decir que los alcoleanos son gente superior.

    Contextualización literaria: el pesimismo existencial de Pío Baroja

    En este fragmento Andrés Hurtado (El árbol de la ciencia) de Baroja se lamenta de la indiferencia de la gente ante el hecho generacional del desastre del 98: «todo el mundo iba al teatro y a los toros tan tranquilo». En este sentido, este singular y representativo pasaje de la obra, muestra uno de los temas representativos de la Generación del 98. En el texto encontramos una profunda preocupación filosófica (existencialismo, determinismo,etc.).

    La novela más singularmente nihilista de Baroja, uno de los mejores representantes del movimiento del 98. La Institución Libre de Enseñanza influiría en los planteamientos de carácter regeneracionista, cuando el novelista vasco apreció esperanzas de un posible cambio. Desgraciadamente, Andrés Hurtado, un personaje nihilista, abandona cualquier intento de cambio, como también le sucedió a Azorín. El grupo de los 3, así denominado, formó escuela, pero esta fue breve y transitoria. Sus esperanzas por cambiar el rumbo del país entraron en franca decadencia y pronto se entregaron a la más profunda resignación y al más profundo escepticismo. Azorín también lo plasma en su novela La voluntad (1902), una obra impregnada del existencialismo de Schopenhauer.

    Biografía mínima del autor

    Pío Baroja (San Sebastián 1872-Madrid 1956) fue un escritor español de personalidad solitaria y retraída. Se trasladó a Madrid y estudió Medicina. No obstante, ejerció poco tiempo la profesión, puesto que se decantó por dedicarse a la escritura y a la novela. En Madrid tuvo contacto con círculos academicistas y novelistas como Azorín o Ramiro de Maetzu. Por estos tiempos, también inició una fructífera etapa de colaboraciones en revistas como Germinal. A la altura de 1900 publicó un primer libro de relatos, titulado Vidas sombrías. Ingresó en la Real Academia de la Lengua Española en el año 1935 y desde ese momento se dedicó plenamente a la creación literaria.

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