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¿Contextualizamos? 21-1-2020

    Dejo una nueva composición de una temática algo distinta a la que venimos tratando en la preparación de la parte práctica de las oposiciones. A veces en los ejercicios de las oposiciones sorprende con textos y ejercicios de variado tipo.

    En este caso, ¿sabríais identificar el autor y su sentido?

      TEMORES EN EL FAVOR
    Cuando en mis manos, Rey eterno, os miro,
    y la cándida víctima levanto,
    de mi atrevida indignidad me espanto
    y la piedad de vuestro pecho admiro.
    Tal vez el alma con temor retiro,
    tal vez la doy al amoroso llanto,
    que arrepentido de ofenderos tanto
    con ansias temo, y con dolor suspiro.
    Volved los ojos a mirarme humanos,
    que por las sendas de mi error siniestras
    me despeñaron pensamientos vanos;
    no sean tantas las miserias nuestras
    que a quien os tuvo en sus indignas manos
    vos le dejéis de las divinas vuestras.

    Sabida es la doble condición de Lope en tanto «amador» y «sacerdote». Las claves conceptuales son muy importantes en las partes de la oposición de lengua y literatura.

    En este contexto , en el del arrepentimiento más absoluto y en el de la propia consciencia del pecado, hemos de analizar esta composición.

    Algunos autores posteriores, como José Hierro, han dedicado memorables composiciones al «monstruo de la naturaleza» en las que aparece y se pone de relieve esta doble condición pagana y religiosa del poeta (obsérvese el conocimiento que sus contemporáneos ya tenían de este hecho) , no exento de un trasfondo de humanidad profunda. Lope, como Góngora, fue ordenado sacerdote y vivió siempre en esta doble condición. La consciencia del pecado atenaza al poeta en estos bellos versos.

     Lope. La noche. Marta 

    He abierto la ventana. Entra sin hacer ruido
    (afuera deja sus constelaciones).
    «Buenas noches, Noche».
    Pasa las páginas de sombra
    en las que todo está ya escrito.
    Viene a pedirme cuentas.
    «Salí al rayar el alba —digo—.
    Lamía el sol las paredes leprosas.
    Olía a vino, a miel, a jara»
    (Deslumbrada por tanta claridad
    ha entornado los ojos).
    La llevan mis palabras por calles, ascuas, no lo sé:
    oye la plata de las campanadas.
    Ante la puerta de la iglesia
    me callo, me detengo —entraría conmigo
    si yo no me callase, si no me detuviera—;
    yo sé bien lo que quiere la Noche;
    lo de todas las noches;
    si no, por qué habría venido.
    Ya mi memoria no es lo que era. En la misa del alba
    no dije Agnus Dei qui tollis peccata mundi,
    sino que dije Marta Dei (ella es también cordero de Dios
    que quita mis pecados del mundo).
    La Noche no podría comprenderlo,
    y qué decirle, y cómo, para que lo entendiese.
    No me pregunta nada la Noche,
    no me pregunta nada. Ella lo sabe todo
    antes que yo lo diga, antes que yo lo sepa.
    Ella ha oído esos versos
    que se escupen de boca en boca, versos
    de un malaleche del Andalucía
    —al que otro malaleche de solar montañés
    llamara «capellán del rey de bastos»—
    en los que hace mofa de mí y de Marta,
    amor mío, resumen de todos mis amores:
    Dicho me han por una carta
    que es tu cómica persona
    sobre los manteles, mona
    y entre las sábanas, Marta
    .
    qué sabrá ese tahúr, ese amargado
    lo que es amor.
    La Noche trae entre los pliegues de su toga
    un polvillo de música, como el del ala de la mariposa.
    Una música hilada en la vihuela
    del maestro del danzar, nuestro vecino.
    En la cocina la estará escuchando Marta;
    danzará, mientras barre el suelo que no ve,
    manchado de ceniza, de aroma, de trigo candeal,
    de jazmines, de estrellas, de papeles rompidos.
    Danza y barre Marta.
    Pido a la Noche que se vaya. Hasta mañana. Noche.
    Déjame que descanse. Cuando amanezca regaré el jardín,
    saldré después a decir misa
    Deus meus, Deus meus, quare tristis est anima mea
    luego volveré a casa, terminaré una epístola en tercetos
    escribiré unas hojas
    de la comedia que encargaron unos representantes.
    Que las cosas no marchan bien en el teatro,
    y uno no puede dormirse en los laureles.
    Hasta mañana, Noche.
    Tengo que dar la cena a Marta,
    asearla, peinarla (ella no vive ya en el mundo nuestro),
    cuidar que no alborote mis papeles,
    que no apuñale las paredes con mis plumas
    —mis bien cortadas plumas—,
    tengo que confesarla. «Padre, vivo en pecado»
    (no sabe que el pecado es de los dos),
    y dirá luego: «Lope, quiero morirme»
    (y qué sucedería si yo muriese antes que ella).
    Ego te absolvo.
    Y luego, sosegada, le contaré, para dormirla,
    aventuras de olas, de galeones, de arcabuces, de rumbos marinos,
    de lugares vividos y soñados: de lo que fue
    y que no fue y que pudo ser mi vida.

    Abre tus ojos verdes, Marta, que quiero oír el mar.

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