Introducción: entrenar con textos literarios del Barroco
He aquí una nueva composición para preparar la parte práctica de las oposiciones de Lengua. Es muy importante que consideremos las características del género literario. Los rasgos de la taxonomía genérica nos pondrán en la senda de una justificación más profunda y certera de nuestra hipótesis. Recordemos siempre los cuatro pilares óptimos de la proyección de la contextualización que nos sirven para preparar esta prueba.
¿Fuego en mi corazón? No, no lo creo. Siendo de mármol, ¿en mi pecho helado pudo encenderse? No, miente el cuidado. 2560 Pero ¿cómo lo dudo, si lo veo? Yo deseé vencer, por mi trofeo, un desdén. Pues si es quien me ha abrasado fuego de amor, ¿qué mucho que haya entrado donde abrieron las puertas al deseo? 2565 Deste peligro no advertí el indicio, pues para echar el fuego en otra casa yo le encendí, en la mía hizo su oficio. No admire, pues, mi pecho lo que pasa; que quien quiere encender un edificio 2570 suele ser el primero que se abrasa.
Calderón y el culteranismo en el drama barroco
Es propio de la peculiar psicología lingüística de Calderón introducir o interponer, en el discurso de una persona, una petición dirigida a una actividad espiritual. El pensamiento es el mejor instructor y guiador del proceso de intriga y trama, tal y conforme estuvimos viendo en el trazado de la panorámica del drama calderoniano. Fijémonos en el metro y su adecuación al discurso o estructura latente. Decimos que el Barroco revitaliza el Romancero nuevo, como pudimos ver con la «Historia de Hero y Leandro» en una entrada anterior.
Posturas ideológicas y literarias
Conviene tener en cuenta que los autos sacramentales de Calderón se proponían entre otros fines devolver a la fe verdadera a aquella parte de su público que podía haberse apartado de ella. Los autos reconocen implícitamente que el dominio de la Iglesia sobre la conciencia de los españoles no era monolítico. El teatro era un importante medio de propagar el status quo no solo en la Iglesia, sino también en el Estado.
El teatro barroco como cultura de masas
Al igual que la Iglesia, el Estado a primera vista parece haber tenido una estructura jerárquica muy definida. La aristocracia estaba claramente dividida en nobles, caballeros e hidalgos, todos ellos gozando de los privilegios de esperar el respeto de los inferiores sociales y de no pagar impuestos (Domínguez Ortiz, 1973). Los que trabajaban en poblaciones y ciudades también estaban organizados en tres grupos: maestros, oficiales y aprendices (Herrero, 1977). Los labradores, tanto ricos como pobres, eran su equivalente rural . El clero y los religiosos formaban una parte muy visible de esta sociedad, lo mismo en la ciudad que en el campo.
Lecciones literarias del teatro calderoniano
En relación al texto que analizamos, señalar que los estudios sobre Calderón y su obra se desarrollan coincidiendo con la revalorización general de la literatura española del Barroco, impulsada fundamentalmente por los románticos alemanes.
Hasta 1881, fecha del segundo centenario de la muerte de Calderón, no se realiza un trabajo de entidad en España, aunque los frutos de este segundo centenario hayan sido valorados de diversas maneras, lo cierto es que hubo contribuciones importantes. En cualquier caso, es todavía básica la interpretación que de Calderón realiza Menéndez Pelayo (1881). Plantea de manera directa la mayoría de los problemas que han ocupado hasta hoy a los estudiosos. Si bien es cierto que las soluciones propuestas por el erudito santanderino suelen ser rechazadas por la crítica moderna.
La lengua literaria del Barroco
Francisco Abad Nebot (Historia General de la Lengua española, 2014, Valencia, Tirant Lo Blanch) ejemplifica con lo que ocurre con el llamado “siglo de oro” de las letras españolas, atendido a veces en tanto una unicidad que se prolongaba —según se suele decir— de Garcilaso a Calderón, cuando en verdad no pueden mezclarse los tiempos del Emperador Carlos con los de los Felipes entre sí. “Y aun, a menudo (exclamaba sorprendido don Ramón Menéndez Pidal), la centena suele parecer poco, y se habla de los siglos XVI y XVII mezcladamente —los siglos de oro—, confundiendo las direcciones del uno con las del otro”.
Para lo que llamamos el buen o adecuado positivismo analítico de Menéndez Pidal debía resultar muy escandaloso que se confundiesen científicamente los motivos literarios que plantea nuestro XVI con los que caracterizan al XVII. Además a él le había inducido en la estimación del Quinientos (y en algunas reservas ante el Seiscientos) su maestro Menéndez Pelayo, por lo que no podía aceptar que se mezclasen los siglos XVI y XVII, y las cuestiones que plantea el uno con las que plantea el otro.