¿Contextualizamos?

Avanzamos inexorablemente hacia el día de inicio de las pruebas. Distintos estados de nerviosismo embargarán vuestro ánimo. Es deseable, pues, que mantengáis la calma y la serenidad en lo que dure el proceso a pesar de que el tiempo será el factor especial que juegue en nuestra contra.

Continuamos con la selección de textos de distintas antologías, en especial, con el trazado de la Literatura escrita por mujeres, cuyo conjunto textual, como no puede ser de otra manera, se ha revalorizado en los últimos años. Recordemos los famosos textos de Emilia Pardo Bazán y Ana María Matute en la parte práctica de las oposiciones de Madrid y Cantabria respectivamente.


Un relámpago volvió blanca la tierra. Era preciso pasar de prisa por Artámila, donde la gente no está para dramas en verso. Al otro lado, una vez alcanzada la montaña azul y lejos, Dingo podría nuevamente arrastrar su fiesta. Sus pantomimas con diez personajes representados por un solo farsante. Él, un hombre solo, con diez caretas diferentes, diez voces y diez razones diferentes. El tambor del hermano mudo sonaría otra vez, como un rezo en una cueva. El mudo y los tres perros, con los costillares temblando bajo el látigo, aguardarían el golpe y el pan al otro lado de la risa de Dingo, el titiritero. Dingo sabía muy bien que se le irían muriendo sus míseros compañeros, tal vez uno a uno, junto a las cunetas o contra los postes de la luz, por el camino. Ese día, él y sus diez fantasmas irían solos por el mundo, ganándose el pan y el inapreciable vino. Qué día ese en que solo, con su baúl repleto de cintas doradas que robó en las sacristías pueblerinas, iría camino adelante con sus diez voces y sus diez razones para vivir. Supone que le dejarán paso siempre, siempre. Con derecho, por fin, a diez muertes, al doblar las esquinas.

En tanto, el carro fustigado, una enorme risa de siete colores barro abajo, arrastraba sus parodias, y, tal vez, todos aquellos sucesos que antes hicieron daño.

Es posible que Dingo viera al niño, tal como apareció de pronto, en un recodo. Era una flaca figurilla inesperada, nueva, lenta, muy al contrario de él. Lo cierto es que no pudo evitar atropellarle. Le echó encima, sin querer, toda su vida vieja y mal pintada.

Las nubes eran muy oscuras sobre sus cabezas. Frenó como pudo, doblándose entre el gemir del carro. Unas salpicaduras de limo le mancharon la barba, como buscando la boca que juraba; y Dingo presintió un tierno y fresco crujir de huesos en las ruedas.

Luego, les cayó el silencio. Era como si una mano ancha y abierta descendiera del cielo para aplastarle definitivamente contra el suelo del que deseaba huir. Lo sabía, además. Había gritos en lo hondo que le habían advertido: «Tú no pasarás de largo por Artámila». Acababa de arrollar a una de esas criaturas que llevan la comida al padre pastor. Unos metros más allá quedó la pequeña cesta, abierta y esparciendo su callada desolación bajo el resbalar del agua.


El fragmento seleccionado pertenece a la novela de Ana María Matute Fiesta al Noroeste, condecorada con el Premio Café Gijón en 1952, el mismo año de la publicación de Tiempo de Silencio. No constatamos en el fragmento signos de fervor experimental, pues la variedad de caminos de la narrativa también acoge otras formas de ficcionalidad pura, reveladoras de una voluntad consciente de evasión.

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