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¿Contextualizamos? 16-3-2020

    Aquí os dejo un nuevo texto para seguir con la preparación del ejercicio de contextualización literaria tan importante en la oposición de lengua y literatura.

    Ya habrá conocido el lector, siendo tan perspicaz como yo le imagino, que mi amigo Braulio está muy lejos de pertenecer a lo que se llama gran mundo y sociedad de buen tono, pero no es tampoco un hombre de la clase inferior, puesto que es un empleado de los de segundo orden, que reúne entre su sueldo y su hacienda cuarenta mil reales de renta; que tiene una cintita atada al ojal y una crucecita a la sombra de la solapa; que es persona, en fin, cuya clase, familia y comodidades de ninguna manera se oponen a que tuviese una educación más escogida y modales más suaves e insinuantes. Mas la vanidad le ha sorprendido por donde ha sorprendido casi siempre a toda o a la mayor parte de nuestra clase media, y a toda nuestra clase baja. Es tal su patriotismo, que dará todas las lindezas del extranjero por un dedo de su país. Esta ceguedad le hace adoptar todas las responsabilidades de tan inconsiderado cariño; de paso que defiende que no hay vinos como los españoles, en lo cual bien pude de tener razón, defiende que no hay educación como la española, en lo cual bien pudiera no tenerla; a trueque de defender que el cielo de Madrid es purísimo, defenderá que nuestras manolas son las más encantadoras de todas las mujeres: es un hombre, en fin, que vive de exclusivas, a quien le sucede poco más o menos lo que a una parienta mía, que se muere por las jorobas sólo porque tuvo un querido que llevaba una excrecencia bastante visible sobre entrambos omóplatos.
    No hay que hablarle, pues, de estos usos sociales, de estos respetos mutuos, de estas reticencias urbanas, de esa delicadeza de trato que establece entre los hombres una preciosa armonía, diciendo sólo lo que debe agradar y callando siempre lo que puede ofender. Él se muere «por plantarle una fresca al lucero del alba», como suele decir, y cuando tiene un resentimiento, se le «espeta a uno cara a cara». Como tiene trocados todos los frenos, dice de los cumplimientos que ya sabe lo que quiere decir «cumplo» y «miento»; llama a la urbanidad hipocresía, y a la decencia monadas; a toda cosa buena le aplica un mal apodo; el lenguaje de la finura es para él poco más que griego: cree que toda la crianza está reducida a decir «Dios guarde a ustedes» al entrar en una sala, y añadir «con permiso de usted» cada vez que se mueve; a preguntar a cada uno por toda su familia, y a despedirse de todo el mundo; cosas todas que así se guardará él de olvidarlas como de tener pacto con franceses. En conclusión, hombres de estos que no saben levantarse para despedirse sino en corporación con alguno o algunos otros, que han de dejar humildemente debajo de una mesa su sombrero, que llaman su «cabeza», y que cuando se hallan en sociedad por desgracia sin un socorrido bastón, darían cualquier cosa por no tener manos ni brazos, porque en realidad no saben dónde ponerlos, ni qué cosa se puede hacer con los brazos en una sociedad.

    Este fragmento está extraído de un artículo de costumbres titulado «El castellano viejo» de Mariano José de Larra (1809-1897). En dicho artículo elabora una sátira fina y puntillosa de la realidad española del momento. En concreto, en esta ocasión, la crítica es de carácter social: Braulio cumple con los clichés que proyectan la imagen del castellano tradicional en la que concursan rasgos alrededor del singular antagonismo que orla la idiosincrasia más conservadora.

    Los rasgos que gravitan alrededor de esta estampa única, están elaborados bajo un planteamiento que focaliza el pensamiento. Un pensamiento conservador que se amarra al concepto de inmovilismo. En efecto, este inmovilismo es una muestra más del espíritu romántico, que proporciona el deseo de evasión. Se fragua aquí lo que podríamos denominar la auténtica lucha, pugna o contradicción romántica: el rechazo a la tradición y la transgresión de las normas que rigen los rancios esquemas de una sociedad en decadencia. En este inconformismo adivinamos la latencia de otro propósito más expansivo: el de la transformación de la realidad económica y social que obstaculiza el desarrollo del propio país. A pesar de su afán evidentemente artístico, esconde, en su entraña, un propósito utilitarista, plasmado en una crítica que nos enseña los caminos por los que ha de conducirse el espíritu romántico de nuestra nación.

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