¿Contextualizamos? 8-4-2020

Adentrémonos nuevamente en la preparación de textos de la mano de este bello fragmento.

¿Sabrías indicar el autor?

UNA CIUDAD Y UN BALCÓN

Entremos en la catedral; flamante, blanca, acabada de hacer está. En un ángulo, junto a la capilla en que se venera la Virgen de la Quinta Angustia, se halla la puertecilla del campanario. Subamos a la torre; desde lo alto se divisa la ciudad toda y la campiña. Tenemos un maravilloso, mágico catalejo: descubriremos con él hasta los de­talles más diminutos. Dirijámoslo hacia la lejanía: allá, por los confines del horizonte, sobre unos lomazos redon­dos, ha aparecido una manchita negra; se remueve, levanta una tenue polvareda, avanza. Un tropel de escuderos, la­cayos y pajes es, que acompaña a un noble señor. El caballero marcha en el centro de su servidumbre; ondean al viento las plumas multicolores de su sombrero; brilla el puño de la espada; fulge sobre su pecho una firmeza de oro. Vienen todos a la ciudad; bajan ahora de las coli­nas y entran en la vega. Cruza la vega un río: sus aguas son rojizas y lentas; ya sesga en suaves meandros; ya se embarranca en hondas hoces. Crecen los árboles tupidos en el llano. La arboleda se ensancha y asciende por las alturas inmediatas. Una ancha vereda -parda entre la verdura- parte de la ciudad y sube por la empinada mon­taña de allá lejos. Esa vereda lleva los rebaños del pue­blo, cuando declina al otoño, hacia las cálidas tierras de Extremadura. Ahora las mesetas vecinas, la llanada de la vega, los alcores que bordean el río, están llenos de blan­cos carneros que sobre las praderías forman como gran­des copos de nieve.

De la lana y el cuero vive la diminuta ciudad. En las márgenes del río hay un obraje de paños y unas tenerías. A la salida del pueblo -por la Puerta Vieja- se descien­de hasta el río; en esa cuesta están las tenerías. Entre las tenerías se ve una casita medio caída, medio arruinada; vive en ese chamizo una buena vieja -llamada Celestina­– que todas las mañanas sale con un jarrillo desbocado y lo trae lleno de vino para la comida, y que luego va de casa en casa, en la ciudad, llevando agujas, gorgueras, garvines, ceñideros y otras bujerías para las mozas.En el pueblo los oficiales de mano se agrupan en distintas ca­llejuelas; aquí están los tundidores, perchadores, carda­dores, arcadores, perailes; allá, en la otra, los correcheros, guarnicioneros, boteros, chicarreros.Desde que quiebra el alba, la ciudad entra en animación; cantan los perailes los viejos romances de Blancaflor y del Cid -como cantan los cardadores de Segovia en la novela El donado hablador; tunden los paños los tundidores; córtanle con sutiles tijeras el pelo los perchadores; cardan la blanca lana los cardadores; los chicarreros trazan y cosen zapatillas y chapines; embrean y trabajan las botas y cueros en que se ha de encerrar el vino y el aceite los boteros. Ya se han despertado las monjas de la pequeña monjía que hay en el pueblo; ya tocan las campanitas cris­talinas. Luego, cuando avance el día, estas monjas sal­drán de su convento, devanearán por la ciudad, entrarán y saldrán en las casas de los hidalgos, pasarán y tornarán a pasar por las calles. Todos los oficiales trabajan en las puertas y en los zaguanes. Cuelga de la puerta de esta tiendecilla la imagen de un cordero; de la otra, una olla; de la de más allá, una estrella. Cada mercader tiene su dis­tintivo. Las tiendas son pequeñas, angostas, lóbregas.

A los cantos de los perailes se mezclan en estas horas de la mañana las salmodias de un ciego rezador. Conoci­do es en la ciudad; la oración del Justo Juez, la de San Gregorio y otras muchas va diciendo por las casas con voz sonora y lastimera; secretos sabe para toda clase de dolo­res y trances mortales; un muchachuelo le conduce: la ma­licia y la inteligencia brillan en los ojos del mozuelo. En las tiendecillas se ven las caras finas de los judíos. Pasan por las callejas los frailes con sus estameñas blancas o par­das. La campana de la catedral lanza sus largas campa­nadas. Allá, en la orilla del río, unas mujeres lavan y carmenan la lana.

(Se ha descubierto un nuevo mundo; sus tierras son in­mensas: hay en él bosques formidables, ríos anchurosos, montañas de oro, hombres extraños, desnudos y adorna­dos con plumas. Se multiplican en las ciudades de Euro­pa las imprentas; corren y se difunden millares de libros. La antigüedad clásica ha renacido; Platón y Virgilio han vuelto al mundo. Florece el tronco de la vieja humanidad.)

En la plaza de la ciudad se levanta un caserón de piedra; cuatro grandes balcones se abren en la fachada. Sobre la puerta resalta un recio blasón. En el primer balcón de la izquierda se ve sentado en un sillón un hombre; su cara está pálida, exangüe, y remata en una barbita afilada y gris. Los ojos de este caballero están velados por una pro­funda tristeza, el codo lo tiene el caballero puesto en el brazo del sillón y su cabeza descansa en la palma de la mano…

Este texto, perteneciente a Azorín, autor que estuvimos comentando en la pasada clase, se sitúa dentro de su obra Castilla, acaso su obra cumbre. Evoca una ciudad castellana en tres momentos de su historia: principios del siglo XVI, finales del XVIII, primeros años del XX. El tiempo va llevándose unas cosas y trayendo otras. Pero hay un sentimiento inconfundible: “el dolorido sentir” de ese caballero inactual. Aparecen como propios del autor: la meditación sobre el Tiempo, su maestría descriptiva, impresionista, su estilo “azoriniano” y su predilección por un tema fundamental en el 98: Castilla.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *