¿Contextualizamos? 4-5-2020

He aquí un nuevo fragmento para preparar el comentario literario de contextualización. La referencias son inconfundibles. El personaje delata autor y época.

¿Sabrías decir cuál es?

¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa,convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.
Pero ella no estaría ahora en el puente. Su fina cara de translúcida piel se asomaría a viejos portales en el ghetto del Marais, quizá estuviera
charlando con una vendedora de papas fritas o comiendo una salchicha caliente en el boulevard de Sébastopol. De todas maneras subí hasta el puente, y la Maga no estaba. Ahora la Maga no estaba en mi camino, y aunque conocíamos nuestros domicilios, cada hueco de nuestras dos habitaciones de falsos estudiantes en París, cada tarjeta postal abriendo una ventanita Braque o Ghirlandaio o Max Ernst contra las molduras baratas y los papeles chillones, aun así no nos buscaríamos en nuestras casas. Preferíamos encontrarnos en el puente, en la terraza de un café, en un cine-club o agachados junto a un gato en cualquier patio del barrio latino. Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. Oh Maga, en cada mujer parecida a vos se agolpaba como un silencio ensordecedor, una pausa filosa y cristalina que acababa por derrumbarse tristemente, como un paraguas mojado que se cierra. Justamente un paraguas, Maga, te acordarías quizá de aquel paraguas viejo que sacrificamos en un barranco del Parc Montsouris, un atardecer helado de marzo. Lo tiramos porque lo habías encontrado en la Place de la Concorde, ya un poco roto, y lo usaste muchísimo, sobre todo para meterlo en las costillas de la gente en el metro y en los autobuses, siempre torpe y distraída y pensando en pájaros pintos o en un dibujito que hacían dos moscas en el techo del coche, y aquella tarde cayó un chaparrón y vos quisiste abrir orgullosa tu paraguas cuando entrábamos en el parque, y en tu mano se armó una catástrofe de relámpagos fríos y nubes negras, jirones de tela destrozada cayendo entre destellos de varillas desencajadas, y nos reíamos como locos mientras nos empapábamos, pensando que un paraguas encontrado en una plaza debía morir dignamente en un parque, no podía entrar en el ciclo innoble del tacho de basura o del cordón de la vereda; entonces yo lo arrollé lo mejor posible, lo llevamos hasta lo alto del parque, cerca del puentecito sobre el ferrocarril, y desde allí lo tiré con todas mis fuerzas al fondo de la barranca de césped mojado mientras vos proferías un grito donde vagamente creí reconocer una imprecación de walkyria. Y en el fondo del barranco se hundió como un barco que sucumbe al agua verde, al agua verde y procelosa, a la mer qui est plus félonesse en été qu’en hiver, a la ola pérfida, Maga, según enumeraciones que detallamos largo rato, enamorados de Joinville y del parque, abrazados y semejantes a árboles mojados o a actores de cine de alguna pésima película húngara. Y quedó entre el pasto, mínimo y negro, como un insecto pisoteado. Y no se movía, ninguno de sus resortes se estiraba como antes. Terminado. Se acabó. Oh Maga, y no estábamos contentos. ¿Qué venía yo a hacer al Pont des Arts? Me parece que ese jueves de diciembre tenía pensado cruzar a la orilla derecha y beber vino en el cafecito de la rue des Lombards donde madame Léonie me mira la palma de la mano y me anuncia viajes y sorpresas. Nunca te llevé a que madame Léonie te mirara la palma de la mano, a lo mejor tuve miedo de que leyera en tu mano alguna verdad sobre mí, porque fuiste siempre un espejo terrible, una espantosa máquina de repeticiones, y lo que llamamos amarnos fue quizá que yo estaba de pie delante de vos, con una flor amarilla en la mano, y vos sostenías dos velas verdes y el tiempo soplaba contra nuestras caras una lenta lluvia de renuncias y despedidas y tickets de metro.

Gracias, Virginia, por tu extensa y documentada aportación. Efectivamente se trata del célebre comienzo de Rayuela (1963) de Cortázar. El fascinante personaje de “La Maga” es inolvidable. Observemos la técnica narrativa. Comentaremos estas técnicas en la clase del sábado. Por cierto, interesantísima la anécdota que citas de la chica estadounidense y el fortuito hallazgo de la novela.

1 comentario en “¿Contextualizamos? 4-5-2020

  • Me viene a la cabeza la Universidad y mis clases de Literatura Hispanoamericana.
    El nombre propio de la Maga. El contenido de las líneas 1-3 me trae a la memoria a Julio Cortázar y a su novela Rayuela (1963). Sin duda, una obra de referencia en Mundo de la literatura del siglo XX.
    Recordemos que se trata de una obra cuya estructura es diferente, pues rompe con la concepción tradicional de la narrativa a través de innovaciones y elementos lúdicos. Rayuela puede leerse como secuencias al azar, o bien siguiendo la guía que propone el escritor, o bien de forma tradicional, de principio a fin. La intención de Cortázar es ofrecer una metáfora de la vida en la que el azar y el caos forman parte de ella. Consigue poner al lector casi en la misma posición que el escritor, pues puede crear su lectura con la misma libertad con la que el escritor concibió la obra. Además, de esta manera, las lecturas del libro son infinitas.

    Este fragmento se incardina en la primera parte de la novela y nos sitúa en el París de los años 50: “la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti” (línea 1) o en “Lo tiramos porque lo habías encontrado en la Place de la Concorde” (línea 15). El narrador presenta el inicio de la relación entre Horacio Oliveira, un intelectual argentino que trabaja como traductor, y la Maga (Lucía), uruguaya madre de un pequeño y en donde cualquier momento parece mágico, como suele ocurrir en los comienzos del amor: “Y era tan natural cruzar la calle…” (líneas 3 y 5) o en “Andábamos sin buscarnos….”.
    No obstante, Rayuela no es solo la historia de una relación amorosa, sino que también se pretende aspirar a una búsqueda espiritual o quizá el punto de partida de una nueva vida. Y es que, en una de las miles de cartas que recibió Cortázar, una llamó especialmente su atención, la de una chica estadounidense que había comprado pastillas para suicidarse y que antes de hacerlo habría cogido Rayuela por azar. Pasó la noche en vela leyendo y terminó pensando que ya no quería morir. Escribió a Cortázar para decirle que su obra le había salvado del suicidio al verse reflejada en ella.
    Hay una interesante entrevista al autor en la web de rtve (en el apartado “A la carta”).

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