¿Contextualizamos? 11-5-2020

Nueva propuesta en la preparación de la contextualización. Podéis apreciar algunos hechos singulares de la literatura del momento y del propio autor.

[…] Tenía una perrilla perdiguera -la Chispa-, medio ruin, medio bravía, pero que se entendía muy bien conmigo; con ella me iba muchas mañanas hasta la Charca, a legua y media del pueblo hacia la raya de Portugal, y nunca nos volvíamos de vacío para casa. Al volver, la perra se me adelantaba y me esperaba siempre junto al cruce; había allí una piedra redonda y achatada como una silla baja, de la que guardo tan grato recuerdo como de cualquier persona; mejor, seguramente, que el que guardo de muchas de ellas. Era ancha y algo hundida y cuando me sentaba se me escurría un poco el trasero (con perdón) y quedaba tan acomodado que sentía tener que dejarla; me pasaba largos ratos sentado sobre la piedra del cruce, silbando, con la escopeta entre las piernas, mirando lo que había de verse, fumando pitillos. La perrilla, se sentaba enfrente de mí, sobre sus dos patas de atrás, y me miraba, con la cabeza ladeada, con sus dos ojillos castaños muy despiertos; yo le hablaba y ella, como si quisiese entenderme mejor, levantaba un poco las orejas; cuando me callaba aprovechaba para dar unas carreras detrás de los saltamontes, o simplemente para cambiar de postura: Cuando me marchaba, siempre, sin saber por qué, había de volver la cabeza hacia la piedra, como para despedirme, y hubo un día que debió parecerme tan triste por mi marcha, que no tuve más suerte que volver sobre mis pasos a sentarme de nuevo. La perra volvió a echarse frente a mí y volvió a mirarme; ahora me doy cuenta de que tenía la mirada de los confesores, escrutadora y fría, como dicen que es la de los linces… un temblor recorrió todo mi cuerpo; parecía como una corriente que forzaba por salirme por los brazos, el pitillo se me había apagado; la escopeta, de un solo caño, se dejaba acariciar, lentamente, entre mis piernas. La perra seguía mirándome fija, como si no me hubiera visto nunca, como si fuese a culparme de algo de un momento a otro, y su mirada me calentaba la sangre de las venas de tal manera que se veía llegar el momento en que tuviese que entregarme; hacía calor, un calor espantoso, y mis ojos se entornaban dominados por el mirar, como un clavo, del animal. Cogí la escopeta y disparé; volví a cargar y volví a disparar. La perra tenía una sangre oscura y pegajosa que se extendía poco a poco por la tierra.

Efectivamente, Virginia, has realizado un esbozo literario bastante acertado. Se aprecian claros rasgos del tremendismo en este paradigmático texto situado al principio de la novela, La familia de Pascual Duarte de Cela. Observamos muestras evidentes del comportamiento impredecible e inestable del personaje, que anticipan su carácter de ser violento. Observamos en él una violencia atávica, primigenia, que deja una impronta de salvajismo y primitivismo, en línea con el tremendismo que has comentado.

1 comentario en “¿Contextualizamos? 11-5-2020

  • Este texto puede identificarse con facilidad gracias al nombre propio de la perra: ” la Chispa”, que pertenecía a Pascual Duarte, de La familia de Pascual Duarte de Cela. Este pasaje llama la atención en la obra por lo inesperado de la reacción del protagonista que, ensimismado en sus pensamientos (en primera persona) le pega varios tiros a la perrilla y la mata sin motivo aparente. Y es que una de las características de la obra de Cela en general y de esta novela en particular es el tremendismo, el “desquiciamiento de la realidad en un sentido violento, o la sistemática presentación de hechos degradables e incluso repulsivos” y que tuvo en la literatura española de los años 40 una decidida tendencia.
    En cuanto a la prosa es expresiva, como cuando describe a la Chispa y dice que era una perrilla perdiguera, medio ruin, etc. o cuando describe una piedra de forma redonda y achatada como una silla baja. Las descripciones son, por lo tanto minuciosas y ricas y destaca el proceso psicológico del protagonista, como cuando dice que se daba cuenta en ese momento de que la perrita tenía la mirada de los confesores o que le seguía mirando fijamente como si no le hubiera visto nunca, como si fuese a culparle de algo de un momento a otro.

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